Xoán García da Barca-Jorge FS

GORRIONES CONTRA FALCONES

La hidalguía, los burgueses y las clases populares se enfrentaron en la Galicia del siglo XV a la nobleza gallega. La opresión, los elevados impuestos, las pestes y enfermedades, las adversidades climáticas y un gran pillaje por parte de los nobles, propiciado por las luchas intestinas que mantenían entre ellos mismos, fueron los factores determinantes para que el pueblo se levantase en 1467 en lo que se llamó la Guerra Irmandiña.

INTRODUCCIÓN

Los “Irmandiños” fueron gente común que desde 1467 a 1469 mantuvieron en jaque y expulsaron a los nobles de Galicia, a la par que establecieron un efímero gobierno popular. Básicamente, esta gente común estaba formada por una gran base social de origen campesino (clase mayoritaria en la sociedad medieval), aunque dirigida desde las ciudades por elementos de la burguesía urbana (artesanos) y de la baja nobleza (hidalgos que no habían visto satisfechas sus pretensiones de ascenso social). Realmente se trataba de una base social muy heterogénea, lo que, en los últimos momentos del movimiento irmandiño había de pasar factura en forma de disensiones  y deserciones entre la baja nobleza dirigente. Con respecto al clero, muy presente en todos los hechos de la época, hay que señalar que estaba dividido. Mientras que los obispados eran claramente partidarios de la nobleza, con la que compartían buena parte de sus privilegios, los monasterios y el bajo clero se alineaban con la gente común, más como medida autoprotectora que por convencimiento, ya que frecuentemente habían sido objeto de ataques contra sus propiedades y rentas propiciados, o al menos consentidos, por los nobles.

Del otro lado nos encontramos a la nobleza. Una nobleza nueva, que resultó favorecida por su apoyo a la casa Trastámara en la lucha dinástica que Pedro I y Enrique II disputaron en la segunda mitad del siglo XIV. Esta nobleza era segundona en Galicia, pero pudo imponerse al auparse el Trastámara al poder. Los nuevos nombres que suenan son los Sarmiento, los Moscoso, los Ulloa, los Andrade, los Mariñas, los Sotomayor, los Montaos, los Enríquez y Osorio, los Lobeíra, los Lemos, … Unos serán actores principales y otros se situarán a su lado o bajo su dominio. En cualquier caso, el equilibrio de poder entre unos y otros no es pacífico, produciéndose continuas luchas y pugnas por extender la primacía de sus casas. Como damnificados directos están la Iglesia y las clases populares. La situación es de tal gravedad que por dos veces el propio Papa interviene amenazando con la excomunión a quienes perjudiquen los bienes y vidas eclesiales. Y es que los nobles, en su afán por incrementar sus posesiones y riquezas consienten y favorecen a bandas de malhechores dedicados a extorsionar y amedrentar al campesinado. En ocasiones estas bandas de forajidos eran organizadas por los propios nobles, quienes les permitían usar sus casas fuertes, torres y castillos siempre que actuasen a favor de sus intereses.
A la vista de estos hechos, las clases populares se constituyen en hermandad para salvaguardar sus intereses y para evitar los desmanes de la clase nobiliaria, porque “ya no podían resistir” los agravios, violencia y excesivos tributos a los que eran sometidos por los señores. Esta situación es tanto más grave, cuanto que desde 1465 se produce un vacío de poder en la corona de Castilla y León como consecuencia de la guerra civil entre Enrique IV y el pretendiente al trono, el príncipe Alfonso XII. Ello debilitó el poder real, a la par que los señores se ponían del lado del pretendiente Alfonso. Las clases populares, sin embargo, se mantuvieron fieles a Enrique IV. Las peticiones de hermandades para las principales villas de Galicia arrecian entonces y , en su mayor parte, son concedidas por el rey quien veía en ellas una forma de salvaguardar su influencia frente a una nobleza que se le oponía.

Los principales jefes del movimiento son nobles de segunda fila como Alonso de Lanzós, señor de Louriña y caballero de la casa de Andrade, Pedro de Osorio, señor de Villalobos, que pertenece a la casa de Trastámara y, finalmente, Diego de Lemos, señor de Sober y de Amarante.
Junto a ellos se encuentran una serie de jefes irmandiños de extracción popular, artesanos y trabajadores agremiados de los que se conserva el nombre de una pequeña porción: Pedro García de Cangas y Juan Cabaneiro, pescadores; Pancho Gómez, barbero; Alonso de Camba, zapatero, y muchos más de otras profesiones. Todos estos líderes son los que refuerzan el carácter popular del movimiento irmandiño, y los que se ponen al frente de campesinos y habitantes de los burgos en la mayoría de acciones que emprende la Santa Hermandad.

Esas acciones comienzan en la primavera de 1467 con los asaltos a las fortalezas, castillos y torres señoriales. No todos ellos son derribados, sólo aquellos que no les son entregados. En total se barajan cifras muy elevadas pero las fuentes documentales hablan de unas 130 construcciones.
Con el inicio de las hostilidades toman el mando de los ejércitos irmandiños los tres principales jefes: Osorio, Lanzós y Lemos, conocedores de la manera de llevar a cabo una guerra. El primero de ellos se ocupa del centro de Galicia, con Compostela. El segundo se apodera de Pontedeume, pone en fuga a Fernán Pérez y, posteriormente se une a los irmandiños de Mondoñedo para enfrentarse a Pedro Pardo de Cela, al que vence. Lemos opera en la región que va del Ulla al Limia, recorriendo con unos 15.000 hombres las tierras de Lemos, Sarria y Chantada.

Este es el momento de máximo esplendor de los irmandiños, que logran gobernar la mayor parte de Galicia, aunque no de forma del todo conexa y coherente. Con los señores refugiados en Castilla y, sobre todo, en Portugal, comienzan las disensiones en el seno del bando irmandiño, agravadas por las defecciones de parte de la baja nobleza que antes los había apoyado. Así las cosas, en la primavera de 1469, Pedro Álvarez de Soutomaior, el arzobispo Fonseca y Juan Pimentel salen de Portugal con la pretensión de recobrar sus posesiones. Con el apoyo portugués pronto consiguen derrotar a los principales líderes irmandiños a quienes hacen prisioneros, relegando el movimiento a una serie de pequeños núcleos de resistencia que tendrían su culmen en las ruinas de la torre de la Lanzada, donde Juan García da Barca y Juan García de Chinchón junto a otros hombres se hicieron fuertes y resistieron hasta su captura.

Se trata, en suma, de un interesante episodio de la historia de Galicia en el que no faltan las rivalidades, las envidias, los odios, las luchas fraternales, la avaricia, el deseo de poder, … todos los ingredientes para construir un interesante relato de los hechos. Nosotros nos conformamos con la sencilla figura que presentamos a continuación.

LA FIGURA

Xoan García da Barca. Torre da Lanzada. 1469.

Junto a otro irmandiño que ya había modelado en 2005 y a Pedro Pardo de Cela, esta figura es la tercera que hago acerca de este tema. Más que nada por un interés personal que nació de la lectura casual de un libro sobre la Historia de Galicia. Uno de sus pasajes, tomado de un documento histórico denominado Pleito Tabera-Fonseca, dice:

Viñera un home de Pontevedra que se chamaba Xoan García da Barca (…) con 20 ou 30 homes (…) e fixeron unha empalizada dentro da Torre (da Lanzada) (…) e un muriño de pedra seca (…) e despois certos escudeiros de Pedro Álvarez e do dito señor patriarca viñeran a requerirlles que sairan de ali e os de dentro sairon a pelexar cos ditos escudeiros e lles feriron un home ou dous e mataran a un home de Nogueira e dempois en Fefiñans prenderan  dous dos ditos escudeiros e os levaron a Pontevedra e os aforcaran e despois, con aquel enfado, viñera o dito Pedro Álvarez e Tristán de Montenegro (…) e foron sobre a dita torre e estaba dentro o dito Xoan García con sete ou oito homes que os combatiron e os tomaron porque os vendera un dos que estaba dentro e aforcaran a dous deles e ós outros os mataron a lanzadas.

De aquí surgió la idea de modelar a este grupo de ocho o nueve figuras resistiendo en el último acto de la guerra irmandiña, sabedores de su triste destino final y de que ya no quedaba sitio para la esperanza. Ese fatalismo heroico que tanto nos caracteriza. Al final la cosa se quedó en una sola figura, la principal, que llama a la defensa de la posición a los demás, la del líder que se lanza, el primero, al ataque.

Para el modelado partí de un esqueleto de alambre hecho a partir de un clip de oficina, al que fui añadiendo capa tras capa de Milliput. La cabeza y las manos son de Hornet, aunque estas están cortadas a la altura de los dedos, y se remodelaron para agarrar el hacha y el escudo, que son de Pegaso. La figura se queda un poco más reducida que los habituales 54mm, porque al usar la cabeza de Hornet la escala apropiada es un 1/35. Las herramientas utilizadas fueron una lanceta de dentista, un palillo redondo, la eterna cuchilla nº11 y un par de pinceles sintéticos del 0 y del 1.
Aunque la pose ha quedado bastante dinámica, debo confesar que las arrugas de la parte delantera de la túnica son un tanto confusas y que los brazos quizá pequen de un exceso de longitud, como algún buen turlurón me ha indicado. A pesar de todo ello estoy bastante satisfecho con el resultado global de la figura.

Para la pintura me dejé llevar por la imaginación, ya que cualquier esquema de color hubiese resultado igualmente válido. La dominante es cálida ya que quería expresar el fragor de la inminente lucha que se avecina. Como estamos en Galicia y podríamos tener alguna reminiscencia en el vestuario de los antiguos pobladores de los castros, le hice un pantalón a cuadros de clara inspiración céltica, alejándonos de la austeridad castellana. La túnica la pinté de un rojo bastante oscuro, que complementase y contrastase al marrón de la zona inferior. La capucha con el mismo rojo, pero de un tono más claro. El escudo lleva la heráldica de los Moscoso, una de la casas nobiliarias enemigas de los irmandiños, y a los que bien pudiera haber ocurrido que Xoan Garcia da Barca les hubiese sustraído este elemento en alguna refriega anterior, conservándolo como trofeo de guerra. En el terreno destacan unas piedras de la derruida torre de la Lanzada y un terreno arenoso en el que crecen algunas matas de hierba. Lamento no poder ser más concreto con los colores pero mi forma de trabajar en esta ocasión fue más bien un tanto caótica y no anoté nada. Sólo mencionar que utilicé exclusivamente pintura acrílica de Vallejo mezclada, excepto para cara y manos, con Flat Base de Tamiya.

Y eso es todo, amigos. Espero que os haya gustado la figura y os animo a intentar el modelado de vuestras propias piezas porque, aunque difícil (que no tanto), también proporciona una enorme satisfacción al ver rematada la obra. Hasta la próxima y gracias por la atención prestada.

BIBLIOGRAFÍA.

LÓPEZ CARREIRA, Anselmo. Os Irmandiños. Textos documentos e bibliografía. Edicións a Nosa Terra. Vigo. 1992.
BARROS GUIMERANS, Carlos. “Revuelta de los Irmandiños. Los gorriones corren tras los falcones”. Historia de Galicia. Fasc 24. Ed. Faro de Vigo. Vigo. 1991.
BARROS GUIMERANS, Carlos. “Ascenso e caída do mariscal Pardo de Cela”. Documento de trabajo en internet.
BARROS GUIMERANS, Carlos. “Cómo construye su objeto la historiografía: los irmandiños de Galicia” Hispania, 175 (p.841-866) Madrid, 1990.
RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Ángel. “Irmandiños”, Gran Enciclopedia Gallega. Tomo 18. (p.61-67).
RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Ángel. Las fortalezas de la mitra compostelana y los irmandiños. Ed. Fundación Pedro Barrié de la Maza. A Coruña. 1985.
BECEIRO PITA, Isabel. La rebelión irmandiña. Akal. Madrid. 1977.
GONZÁLEZ LÓPEZ, Emilio. Historia de Galicia. Edicións do Castro. A Coruña. 1980.
PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Eduardo. Los señores de Galicia. Ed. Fundación Pedro Barrié de la Maza. A Coruña. 2000.
GARCÍA ORO, José. Galicia en los siglos XIV y XV. Ed. Fundación Pedro Barrié de la Maza. A Coruña. 1987.

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