707 División de Infantería Mecanizada.

Soldado Quiroga. Guardia Imperial de Cadia. 707 División de Infantería Mecanizada. Mundo de Omsi Ledom. Ciudad de Statingraöd (dominio orco).
Por JorgeFS. Games Workshop. 28mm

“Vayan allá y tráigan el vino”
Orden cruzada 57368/AAA al Comandante del 37 Cuerpo de Ejército por el Primer Jerarca Eclesiástico Ebrius Primus, mano derecha del Emperador para los asuntos de la Fé.

Este soldado de Cadia descansaba tranquilamente en su grapa plástica, hasta que decidí sacarlo de allí para enfrentarlo al cruel mundo del universo 40.000 en el que desarrolla su existencia, probablemente efímera, como la de todos en ese penoso milenio de la existencia ¿humana?

La primera elección que hice fue la de la cabeza. Tenía seis posibilidades, cinco con casco y una sin él. Escogí la opción “con casco”, pero sin el barboquejo colocado. Luego cogí un torso (aquí no había opción) y unas piernas de entre otras cinco posibilidades. Para el arma no quería nada estridente, así que deseché de inmediato los pesados lanzallamas y unos lanzagranadas de mano un poco voluminosos. Tampoco me hicieron gracia los bólteres pesados, así que cogí una ametralladora ligera para la mano derecha. En la izquierda porta la bayoneta a modo de arma de cuerpo a cuerpo. El equipo se completa con una granada de fragmentación, dos cartucheras de munición y la cantimplora. Una vez presentada provisionalmente, la figura se me antojaba un poco paticorta, con unas piernas demasiado pequeñas. Es por ello que le suplementé la cintura con un par de láminas de Evergreen de 0,5mm de espesor. En total le aumenté la altura en 1mm. No mucho, pero sí lo suficiente para dar ya otra impresión. La limpieza de rebabas, cuchilla en mano, dejó la figura lista para el pegamento.

Una vez lista la figura me preocupé por colocarla en un terreno acorde al mundo de Omsi Ledom. Ni que decir tiene que cualquier cosa encajaría en este mundo, ya que es totalmente imaginario. Pero para mi gusto utilicé unas piezas de un viejo KVI a 1/35 que tenía en mi caja de restos varios: un trozo del glacis, parte de las ruedas tractoras y un cable de arrastre. De una caja de material a 1/48 de Tamiya cogí unas latas de combustible. A todo ese material le busqué acomodo en la exigua peana de 20mm que trae la figura (por si me decidiera a presentarla a concurso en la Golden Demon, … aunque luego nunca voy).

Así las cosas, la figura y su base escénica están listas para recibir la pintura.

Pintura.

El proceso de pintura fue un intento continuado por hacer un uniforme de camuflaje que, al final, se quedó en un uniforme liso. Primero me propuse pintarle el camuflaje pixelado de las tropas americanas en Irak, pero a esta escala resultó ser una tarea demasiado ardua para mi. De modo que cuando comprobé que la cosa no quedaba demasiado bien, volví a darle un tono sólido a toda la figura borrando los restos del camuflaje. Busqué otras opciones y me decanté finalmente por lo que se llama un camuflaje “tigre”, a base de rayas semejantes a las de estos animales, pero en tonos verdes. Hice la base con un verde claro, le di las luces, le di las sombras y, cuando estaba listo para pintar las listas atigradas, decidí que me gustaba como había quedado, así que pinté el resto de la figura y así quedó. Tal y como la veis en las fotografías.

Sólo señalar que la pintura la hice básicamente con acrílicos y un poco de óleo para resaltar un poco volúmenes al final.

El escenario lo pinté con aerógrafo y, después de hacer las aplicaciones básicas, terminé la tarea con los pinceles.

Respecto a los colores sólo señalar que en el uniforme la base fue el Uniforme Japonés de Vallejo. Y que en la pintura de la ametralladora y el cuchillo usé un lápiz de mina blanda con el que froté estas piezas, previamente pintadas de negro. Para todo lo demás utilicé las técnicas, no por habituales bien dominadas.

Historia.

La misión se convirtió en una labor detectivesca. La ciudad estaba totalmente destruida, las fábricas hechas pedazos, las calles tan intransitables que pasamos de ser infantería mecanizada a simple infantería antes de poder sacar los vehículos del garaje. En suma, que los malditos orcos estaban a sus anchas, con cientos de escondrijos en los que ocultar sus verdes pellejos. Al autor de la brillante idea del bombardeo orbital deberían haberlo condecorarlo y luego traerlo para acá, a la primera fila de este desfile triunfal en el que estamos metidos. Tal vez algún orco quisiese agradecerle su  contribución a la guerra.
Sin embargo, allí estábamos nosotros, levantando cada cascote, removiendo cada piedra, cada ladrillo, apartando vigas caídas, no fuera a ser que debajo se escondiese algún piel verde.

En contra de su costumbre de atacar en masa, los condenados orcos del Clan Statinargh, después de las numerosas bajas del bombardeo, habían cambiado de estrategia. Ahora se dedicaban a esperar en algún sucio agujero nuestro paso, a colocar trampas explosivas por doquier y atacar sorpresivamente. Una fiesta sorpresa, en eso se había convertido todo. El campo de maniobras de nuestro acuartelamiento de Cadia era un parque infantil en comparción. Lo bueno era que no había oficiales dando la murga. Se habían quedado todos  en las posiciones de partida. Arengándonos y empujándonos, pero con el pellejo a buen recaudo.
Yo, por mi parte, me había acomodado en un bonito hueco desde el que tenía vistas a la playa, protegido, eso si, de los peligrosos rayos solares. Desde allí esperaba a que saliese algún orco  y pasase por delante de mi arma para dejarse freír. Y yo no era el único. Todo mi pelotón había seguido mi ejemplo y se habían buscado cada uno su rinconcito. Y así habríamos estado por los siglos de los siglos si no  fuese porque nuestro sargento, el muy beato, ese meapilas orante, decidió que quería figurar en los anales del Regimiento y añadir otra imperial medalla a su colección. Nos dijo que moviéramos el culo, eso sí, de forma un poco más grosera, y nos conminó a que avanzáramos posiciones. Así que tuvimos que abandonar la modorra en la que estábamos cómodamente instalados. Ya se sabe que no hay placer que dure.
Ese fue nuestro peor movimiento. Smith, Agiopoulos y Ramírez cayeron nada más asomar la cabeza. Unos pieles verdes que estaban acechando los escogieron a ellos por puro azar. Los demás le dimos las gracias al dios de la providencia y corrimos, un poco más que de costumbre, hay que reconocerlo, a buscar otro agujero más profundo que aquel del que habíamos salido, cosa por otra parte nada difícil en esa ruina que era la ciudad de Statingraöd. Broz y Chase escogieron mal. En su agujero había una trampa explosiva. Los demás dimos gracias por no haber sido los inquilinos de ese agujero, mientras los veíamos caer, desmenuzados, esparciéndose por el terreno a nuestro alrededor como nieve de primavera.
Mientras, el sargento parecía invulnerable, tocado por un aura divina, por la gracia del Emperador. El muy pífano parecía esquivar todas las adversidades y, claro, adversidad que él esquivaba, adversidad que se nos venía encima  a los demás.

Al cabo de un rato pasamos por lo que debían ser las ruinas de la famosa fábrica del Statingraödwinen, o lo que es lo mismo, el producto estrella de Omsi-Ledom, una de sus más refinadas manifestaciones: los famosos vinos de Statingraöd. Yo jamás los había probado. Ni que decir tiene que mi sueldo de infante apenas alcanzaba para unas míseras cervezas  corrientes. Ahora empezaba a darme cuenta de las razones de nuestros jefes y jerarcas, de su insistencia, por tomar la ciudad: el winen, el codiciado vino de Statingraöd.
De pronto vi con más claridad los verdaderos objetivos de nuestra lucha. Los jerarcas nos enviaban allí para defender sus intereses elitistas. Era como si, en realidad, lo único que les importase fuera el winen de Statingraöd. Nuestras vidas serían un mero número final en el balance de la campaña. Ni siquiera elementos amortizables, meros consumibles. Tantos perdidos en el campo de batalla, tantos a reponer.
Embriagado por estos pensamientos y sin haber todavía probado el winen, me pregunté si no sería el embrión del caos el que se había instalado en mi. Miré a Lem, mi compañero de fatigas y, por su mirada ensimismada y soñadora, supe que estaba pensando lo mismo que yo. Lem siempre fue un tipo inteligente. Teníamos que hacer algo.
-¡A por el vino! -grité de repente, poseído por un ímpetu desconocido, mientras salía de mi hoyo y avanzaba hacia la bocana del agujero que daba paso a las bodegas de la Statingraödwinen Company, unos cincuenta metros más adelante. Cuando llegué eché una mirada hacia atrás, por ver si me había seguido algún otro enajenado. Y para mi sorpresa allí estaba todo el pelotón. Todos menos el sargento. Ese hacía la guerra por su cuenta. De pronto, oímos una fuerte explosión a nuestras espaldas y poco faltó para que uniésemos nuestras manos en una improvisada oración: “que sea el sargento, que sea el sargento” repetimos el mantra una y otra vez. Por una vez nuestras  plegarias fueron escuchadas. Rodando por un montón de cascotes llegó una cabeza ensangrentada. La reconocimos al instante por la expresión imbécil que portaba. No cabía la menor duda, era nuestro sargento.
La entrada del agujero estaba taponada con abundantes cascotes, así que tuvimos que ir entrando de uno en uno. Una vez dentro el espacio era muy amplio y aunque el techo no era muy alto, allí se podía caminar perfectamente erguido. Incluso un orco lo podría haber hecho sin problemas. A lo ancho el espacio era enorme, sólo salpicado por columnas de forma regular. Y entre esas columnas los botelleros y barricas con el preciado winen. Muchas botellas estaban rotas, pero aun quedaba allí una cantidad suficiente como para emborrachar al batallón completo. Por si acaso tomábamos la ciudad y en previsión de que los mandos nos desalojasen de aquel paraíso para ocuparlo ellos mismos, nos apresuramos a dar cuenta del winen. ¡Qué delicia!
A los primeros tragos de aquel exquisito néctar, de aquel elixir reparador, un pensamiento me surcó la mente, una visión. Ví un grupo de orcos, apaciblemente sentados entre las botellas, degustando con calma el Statingraödwinen. Igual que lo estábamos haciendo nosotros mismos.
-¡Quiroga! -me susurró Lem al oído- Orcos.
Estaba señalando justo delante de nosotros. Los orcos estaban allí delante, no en mi mente, y uno de ellos acababa de girarse y con la misma cara de estúpido que yo, me miraba sorprendido.
Rápidamente todo el mundo se puso a cubierto. Tanto ellos como nosotros. Eso si, no se disparó un sólo tiro, no se lanzó una mísera granada. Se hizo un silencio tal que casi se podía oír respirar a los pieles verdes.

El tiempo pasaba y yo creía que se nos iba a agotar. Que de un momento a otro irrumpiría algún que otro pelotón, liquidarían a esa pandilla de orcos, y nos privarían del winen. Era el momento de las decisiones.

- Dejádme hacer -dije, mientras me levantaba con una botella en la mano.
Me quité el casco y salí de detrás de mi parapeto meneando la botella por encima de mi cabeza. Uno de ellos, el mismo que me había mirado con expresión desconcertada, pareció comprender mis intenciones porque también salió de su escondrijo con otra botella en la mano.

Según nos íbamos acercando noté que me ponía un poco tenso. No es que uno no haya tenido algún que otro cuerpo a cuerpo con un orco, pero así de cerca, y tan pausadamente, desde luego que no. Esas bestias son inmensas y desprenden un halo de brutalidad como nunca se haya visto.
Cuando ya estaba a un par de metros se paró, levantó la botella y dijo algo en esa jerigonza que ellos llaman lenguaje. Supongo que quería decir algo como que: “Eh, tu, mamón! Acerca tu botella y brindemos por estar todavía vivos. Si vosotros os dedicáis a vuestro winen, nosotros  nos concentraremos en el nuestro. Aquí paz y después gloria”.

Levanté mi botella y le di un trago. Luego se la alargué al verde, que me la intercambió por la suya. Nos miramos y nos dimos la vuelta, prestos a retornar cada uno a su redil. Ya había dado un par de pasos cuando oí su gruñido a mi espalda.
-Eh!, kapullo, olvidas algo -dijo raspando cada palabra mientras levantaba la botella.
Por un momento temí lo peor, pero un pensamiento fugaz cruzó mi mente al intercambiar con él la mirada.
-¡Coño! -dije-. Lo olvidaba.
Acerqué mi botella a la suya y las entrechocamos sonoramente.
-A tu salud -dije.
-Ke te atragantes -respondió él con media sonrisa (si es que un orco puede sonreír) aflorando entre los colmillos. Mientras, se dio la vuelta y volvió junto a los suyos.

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Un comentario

  1. Josito escribió:

    OOOOOHHHHHH !!!! Peaso artículo chavalote !!!!

    Buen montaje, excelentes fotos……Vamos !!! Todo un primorrr !!!!

    Saludotes.Josito

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