Cuenta lo que fuimos, Rocroi, 1643 (II)

Odio los colchones de espuma. Los odio desde que los conozco y  mi aversión hacia ellos aumenta con la obligación de tener que usarlos diariamente. Acabo con todo el cuerpo anquilosado y por las mañanas no siento los brazos ni las piernas, despertándome con la absurda sensación de que los tengo separados del cuerpo. Y además está esta oscuridad ¿Cuándo se decidirán a dejar entrar algo de luz? Me parece que  llevo aquí mucho tiempo y creo que ya va siendo hora de salir, pero nadie parece tener la intención de venir y abrir ¡Un momento! Me parece oír pasos…Sí, sin duda. Son pasos que se acercan hasta aquí. Intento levantarme pero este dichoso colchón de espuma está acabando con mi espalda y no logro incorporarme. ¡Sí, ya están aquí y parece que van a abrir! Veo cómo la luz se cuela por una rendija. ¿Con quién me encontraré al otro lado? Supongo que será el mismo tipo que conocí hace tiempo en aquella tienda pero con el que, ciertamente, no he tenido más trato desde ese día, después de las presentaciones de rigor. Sí, es el mismo. Ahora que lo veo bien, creo que ha engordado un poco. Parece que se dispone a dejarme salir, pero ¿qué está haciendo ahora? ¡Hummm, excelente idea! No hay nada como una buena limpieza y aseo matutinos  para sacar la roña de debajo de los brazos y las piernas. Me frota con vigor y energía utilizando una especie de esponja bastante abrasiva, y es que me da la impresión de que llevo años aquí tumbado.¡ Qué maravillosa sensación de recibir este potente chorro en la cara! Hace que te despejes y que veas la vida de otro color. ¿Pero, qué ocurre? ¡No, no, me niego! ¿Por qué vueve a encerrarme después de todos estos preparativos? Creí que hoy sería distinto, y que por fin saldría de aquí y me dejarían ser quien de verdad soy.  Grito, pero desde aquí dentro, con las puertas cerradas, ya no me oye… Nos movemos. No he vuelto al mismo sitio de antes, aquí la oscuridad es mayor pero nos seguimos moviendo. Lo que se oye ahora es el sonido del motor de un automóvil que arranca.

Tras casi dos horas de viaje en las que he tenido que soportar los coros de la Kriegsmarine que sonaban tonantes a través de los altavoces mientras unas voces horrísonas cantaban a voz en grito dentro del coche, por fin nos detenemos, pero ahora la algarabía es mucho mayor, parece que hay una fiesta ahí afuera, escucho saludos, palmadas y risas. Quisiera salir y echar un vistazo, pero anclado como estoy al suelo, con estos hierros que me han puesto en los pies, me resulta imposible moverme. De pronto vuelven a abrir y los veo: Son como una docena de tipos sentados alrededor de una mesa enorme poblada de flexos, maletines y cajas como de la que acabo de salir. En un instante todas las miradas se posan sobre mí y voy circulando entre sus manos, momento que aprovechan para escrutarme atentamente. Mientras vuelo de mano en mano puedo ver a viejos conocidos que poco a poco van surgiendo del interior de las cajas. ¡Allí están dos soldados de las SS de reconocimiento en las Ardenas! Uno señala con el brazo extendido las operaciones mientras el otro escucha atentamente con la cabeza ladeada. Más allá el bravo Leónidas esquiva una lluvia de flechas con su escudo y parece a punto de gritar aquello de “Esto es Esparta”. La figura orgullosa del mariscal Soult se alza en la otra esquina de la mesa. No parece de muy buen humor, y su ayudante de campo abandona la escena cabizbajo. Un escalofrío me recorre la espalda cuando paso al lado de un ángel exterminador en el que creo reconocer la cabeza de la Boudicca y las piernas de Conan y lo que parece un Yarri encadenado saliéndole del pecho, pero al esquivarlo me doy de bruces con una especie de troll de las cavernas que cabalga a lomos de un garrapato gigante con la masilla verde aún fresca en las patas. Sí, creo que aquí, rodeado de estos tipos y todos estos viejos amigos, voy a sentirme como en casa. No sé muy bien dónde estoy ni qué pretenden hacer, pero a la vista de la cantidad de botes de pintura, pinceles, masillas, herramientas y revistas que se desparraman por la mesa, no creo que salga mal parado de este trance. Y eso que el aspecto de estos desconocidos no es que sea muy de fiar, pero el ambiente me gusta. Y parecen todos tan alegres…

De pronto una voz suena estentórea:

-CHURRRRRRRRRRRRRRASCO, ¡¡SLURRRRRRRRRRRRRRRRRRRP!!

Y al oírla todos dejan lo que tienen entre manos, apagan la luz, cierran la puerta y se van. Supongo que volverán porque no han recogido y apenas han hecho nada. No me llevan con ellos, espero que vuelvan porque, ahora que lo pienso ni siquiera sé dónde estoy. Grito con todas mis fuerzas pero no me oyen.

-Se han ido a comer.- Una voz suena en la oscuridad de sala pero no consigo localizar de dónde procede.

-Aquí, a tu izquierda- Me indica.

-¿Quién eres?-Pregunto

-¿Ya no me reconoces? ¿Así trata la fortuna a los viejos compañeros de armas?

-¿MV40? ¿Eres tú?- Intento agudizar la vista en la oscuridad y entre las sombras me parece distinguir al viejo camarada al que no veía desde los tiempos del taller de Beneito. –Pero, ¿Qué te ha pasado en las manos? Pregunto alarmado al ver que las tiene cercenadas a la altura de las muñecas.

-Una transformación.-me responde con una mueca sorprendentemente alegre- Ya no sostendré más esa espada dichosa. Y también me van a dejar crecer las patillas. Creo que me va a gustar mi nuevo aspecto. Tú sin embargo estás muy bien: montado, imprimado y en la peana de trabajo.

Llevaba años sin ver a MV40, desde que salimos del taller de Beneito rumbo a Galicia. Nuestro destino era permanecer juntos, pero nos separaron y nunca más volvimos a encontrarnos. Y ahora aquí estamos de nuevo, frente a frente, aunque sumidos en esta oscuridad apenas acertamos a reconocernos. De pronto alguien a nuestra espalda nos llama.

-Salud, camaradas

-MV75, ¡Tú también aquí!

-Sí, creo que nos han reunido a todos.

De detrás de las cajas, ocultas tras los flexos y los frascos van surgiendo siluetas que no tardamos en identificar rápidamente a pesar de la poca luz: un tambor que nos había acompañado en Flandes y que ya está hecho todo un hombre, dos piqueros, un mosquetero, al fondo se destaca la figura del Capitán de los Tercios de Corso, un viejo camarada de la Asociación 2 de mayo. En una esquina de la mesa una pequeña cabeza asoma tras un bote de pintura. Es un muchacho de corta edad que apenas levanta dos palmos del suelo, pero su mirada transmite cierto orgullo y coraje. El Capitán nos explica que al zagal lo conoció en una taberna cuando presenciaba medio oculto tras un tonel un duelo entre dos soldados que se habían pasado de la rosca bebiendo. El muchacho le hizo saber su determinación de ser soldado y el Capitán lo tomó bajo su protección, divertido, pero también admirado por sus arrestos. Ahora nos acompañará en este viaje. Todavía no recuperado de mi estupor, solo acierto a preguntar:

-¿Dónde estamos?

-Al sur de Galicia, no sé exactamente dónde, pero creo que por fin ha llegado nuestra hora. Sin duda hoy es el día en el que se forjará nuestro destino.- Es el Capitán de Corso quien habla con su voz grave y profunda. Con mirada severa nos pasa revista a todos.
-¿Queréis decir que nuestro destino está en manos de estos tipos que acaban de salir?

-No temáis, tengo buenas referencias de ellos. Un superviviente de un pelotón en retirada al mando del general Sir John Moore me refirió sus peripecias y me aseguró que habían hecho un excelente trabajo con ellos.

-¿Pero quienes son?-Pregunto desconfiado.

-Todavía no lo sé muy bien, a pesar de que ya llevo varios viajes con ellos, una vez al mes de norte a sur y de sur a norte de Galicia. Creo que se hacen llamar Turolenses o Turolinos, no lo sé exactamente. Pero eso sí, parecen gentes muy alegres y me atrevería a decir que de fiar. Pero, ¡Silencio! Ahí llegan.


Se abre la puerta y entran en tropel todo el grupo con los semblantes mucho más rubicundos que cuando se fueron y una mueca de satisfacción en los rostros. Parece que acaban de venir de yantar (y beber) en abundancia. No sé cómo tomarme eso de que estamos en buenas manos. Al menos estas que ahora me sostienen no lo parecen, puesto que apestan a gambas fritas. Pero con todo, parece que al fin se sientan y se ponen a trabajar. De pronto estos tipos nos alzan con mimo, preparan la pintura, los pinceles, el agua, los platos, las paletas, abren sus maletines, sacan las masillas, espátulas, masillas, agujas y en medio de este caos todo comienza a cobrar sentido. Se acercan unos a otros;  uno, que parece el más experimentado le indica cómo modelar las nuevas manos de MV40, otro se encarga de elaborar un casco para un piquero. Algunos usan unas extrañas lentes de aumento que sitúan sobre la frente y que les confieren un aspecto más propio de operarios de la siderurgia que de modelistas. De fondo se oye la música de una radio que alguno se empeña en tararear ante las protestas de la mayoría. El de más allá teoriza con poco éxito y escarnio general sobre veladuras, queseyoses y pinceladas gestuales. A uno que llaman Gran Maestre le lanzan cada cierto tiempo pullas sobre su pronto explosivo y su incipiente alopecia, al que está a su lado sobre su mucho peso, al que está enfrente sobre su velocidad con los pinceles. Cuando aún estoy tratando de asimilar todo lo que sucede a mi alrededor en medio de esta caótica vorágine una sensación de frescor y suavidad inunda mi rostro y súbitamente noto cómo la vida nace en mi interior. Sí, así es como me habían contado que sería, así que me relajo y disfruto: es la capa base.
En este ambiente pasan las horas, yo ya tengo las primeras luces y sombras en el rostro, en el caso de otros compañeros veo que han empezado por los paños. A mi lado uno de estos tipos lleva toda la tarde lijando y redetallando un viejo cañón. Me reconforta saber que estaremos apoyados por la artillería.. Otro se encarga de los accesorios esparcidos por el campo de batalla ¡Pero qué es aquello! Uno que usa los extraños lentes de aumento y que tiene un inquietante parecido con el doctor Mengele ha serrado por la  mitad a dos de nuestros compañeros y se dispone a unir la parte superior de uno con la inferior de otro. Apenas puedo creer lo que veo.

-No te asustes-Me susurra en un descuido MV74 que está a mi lado. Creo que con eso quieren representar a un caído; “Josito”, he oído que uno le decía al de las gafas, “tú te encargarás del muerto-morrido”
-¿Un muerto? Pregunto afligido
-Muerto-morrido, lo llaman ellos. Un caído en combate. Pero eso no es lo malo. Lo peor es que pretenden usar masilla de los chinos en la transformación…
Todavía no me he repuesto de la impresión cuando veo que comienzan a recoger ¡Pero si estamos todos a medias! Yo sólo tengo luces y sombras en la cara, pero nada de tonos medios ni veladuras; otros solo tienen el coleto en la capa base, y el de más allá aún está en plena transformación. Miro a mi alrededor y veo que el arcabucero me guiña un ojo (ahora que ya puede porque se los han pintado). Antes de la despedida estos Turlorinos o como se llamen, hablan de la próxima paint sison y hacen diversos planes con respecto a nosotros. Supongo que eso de paint sison será lo que hemos hecho hoy, es decir, viaje hasta la otra punta de Galicia, comer gambas y churrasco y echarse unas risas pintando y modelando. No está mal, y por lo que dicen, parece que repetirán el próximo mes.


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