Cuenta lo que fuimos, Rocroi, 1643 (III)

Desde esa primera vez han pasado ya unas cuantas paint sisons. Algunos completan su trabajo en casa y acuden a ellas con los deberes hechos, con lo que he visto a algunos de mis compañeros ya casi dispuestos para entrar en acción; otros trabajan duramente el día que se reúnen, algunos, sin embargo,  se dedican a hojear diversas revistas de donde parecen sacar ideas geniales o a mariposear alrededor de los demás; y alguno hay, también es de justicia reconocerlo, que tiene depositado su mayor interés en el momento de atacar las gambas y el churrasco, ingredientes imprescindibles, por lo que se ve, en su dieta.

De todos los momentos vividos con estos individuos a lo largo de estos meses, destacaría sin dudarlo dos: El día que llegó del reino Astur uno de los miembros al que no había visto antes, con un arcabucero en la mano y el maletero del coche atestado de botellas de sidra que procedieron a descorchar y trasegar  en un abrir y cerrar de ojos en plena sesión de pintura. Ese día la paint sison se convirtió en botelloning sison y, he de reconocerlo, temí seriamente por mi integridad y la de mis compañeros viendo cómo temblaba el pulso de estos individuos después de unas cuantas botellas. El momento en el que uno tomó el cutter, teniendo en cuenta lo que había bebido, para transformar los brazos de un piquero fue bastante tenso. Claro que después lo arreglaron metiéndose unas buenas viandas para el cuerpo: gambas y churrasco, claro.

El segundo momento de debilidad, por llamarlo así, fue cuando mencionaron el  terreno y decidieron encargarle su confección y pintura a un tal Alfonsito. En un primer instante me extrañó que una cosa así se pusiese en manos de un chiquillo, pero cuando tres horas depués de comenzada la paint sison de ese mes vi aparecer por la puerta a un individuo de dudosa catadura que, por cierto, hacía ya tiempo que se afeitaba, con la voz sospechosamente resacosa y los ojillos a medio abrir comencé a temerme lo peor. La sensación no mejoró cuando reparé en sus útiles de trabajo: un aerógrafo que acumulaba restos de pintura del siglo anterior y una caótica sucesión de frascos de pintura esparcidos sin orden ni concierto delante de él para hacer las mezclas en un papel de celofán que unos instantes antes envolvía una revista. Cerré los ojos recordando los muchos momentos de caos que había vivido a lo largo de estos meses y pensé que nunca lo había visto tan negro. Pero lo peor estaba por llegar: Al otro lado de la mesa acababa de iniciarse una acalorada discusión acerca de la ubicación del cañón que en teoría nos iba a proteger:

-Es mejor situarlo a la izquierda, retrasamos al oficial y ponemos al tambor detrás de los piqueros.

-No, quedaba mejor del otro lado- Y el que lo dice toma el cañón con las manos desparramándose al instante sobre el terreno de plastilina que le servía de pruebas, ya que no estaba aún pegado.

-¡Ya salió el manazas! Muy bien, pero si lo pones ahí hay que quitar al muerto-morrido porque no cabe.

-¡De eso nada, mi muerto-morrido no se toca!

-Pues yo creo que queda mejor así, despanzurrado como se ve ahora. O solo unas pocas piezas: una rueda, una cureña…

-¡No fastidies, hombre! Con el trabajo que me dio lijarlo y detallarlo como para que ahora no lo pongamos.


Los ánimos parece que empiezan a caldearse cuando otro enciende la espoleta definitiva:

-Es que yo creo que aquí un cañón no pinta nada. Yo no lo pondría.

Un silencio tenso preside el ambiente. No me atrevo a abrir los ojos, pero me temo que esto es el final. Tan solo se oye el zumbido del compresor y el chorro de pintura del aerógrafo.

-¿Y si en vez del cañón ponemos un caballo?

-¿Un caballo?

-Un caballo muerto. Creo que eso le aportaría mayor dramatismo.

Definitivamente en ese momento tuve claro que ese proyecto nunca llegaría a buen puerto. De la idea original apenas quedaba nada y todo parecía deberse al producto de la improvisación. Finalmente yo sería una de tantas figuras medio pintadas y devueltas al cajón.

-Eh tíos, que esto ya está.- El motor del compresor se apaga y de las manos de Alfonsito vemos surgir las landas del norte de Francia, con su tierra oscura y húmeda, sobre la cual ha crecido una hierba fresca y verde. Esparcidos por el suelo están los restos de la batalla: unos barriles de pólvora, estacas rotas, mosquetes, morriones perdidos de sus dueños… De pronto el caos en el que parecía haber desembocado este proyecto se esfuma. Observo esa tierra lejana, pero extrañamente reconocible a la vez y sé que es ahí donde naceremos y donde también habremos de morir.

-¿Qué? ¿Esta guay, no?

Solo rompe el admirado silencio de los demás miembros del grupo una voz que estruendosa y jovial exclama:

-Es hora del CHURRASCO SLUUUUUUUUUURRRRRRRRRRRRRRP.- Como una llamada atávica, todos dejan al instante lo que tenían entre manos, apagan las luces y se van. Como la última vez. Y la anterior, Como la primera vez. Hoy es la última paint sison que pasaremos juntos los Turluratos o como se llamen, y nuestro Tercio y lo cierto es que ya siento las mariposas en el estómago. Es siempre así antes de un momento decisivo. Hoy por fin estamos todos: Los piqueros, arcabuceros, mosqueteros, el oficial y el capitán, sin despegarse del zagal, quien sin asomo de duda en los ojos se planta en medio de los hombres dispuesto a luchar como el más valiente. Y también el caballo, claro. Hay que ver de lo que son capaces estos tipos. Pasan de protegernos con un cañón a colocarnos delante un caballo muerto y además pintado con óleos, para mayor escarnio. Del cañón sólo han dejado la rueda, supongo que con valor testimonial, pero les ha servido para nombrar a un nuevo Turlurón. Al parecer los de esta cofradía van nombrando miembros un poco al albur allá por donde van, con la condición de que participen en lo que ellos llaman una obra coral, y esta vez le ha tocado a un tal Ángel que pinta seres del averno y criaturas fantásticas. A él le han encargado la pintura de la rueda, a la que ha dotado de unas extrañas tonalidades verdosas, pero como lo saben quizá influenciado por el maligno, le han permitido la licencia.

Bueno, parece que ya está todo listo. Un hormigueo de impaciencia recorre todo mi cuerpo. Se acerca el momento y sé que estoy dispuesto, pero…conociendo como conozco a estos tipos ya debería esperarme una última sorpresa:

-¡Un momento! ¡Aquí falta algo imprescindible!

-¿El qué?- Por primera vez noto al grupo alarmado. Ellos también saben que están en el momento decisivo después de muchos meses de trabajo.

-Falta el perro turlurón.

-¿Qué demonios de perro turlurón?

-Sí, es la seña de identidad de nuestras obras corales: el perro. Debería ser siempre el mismo, pero podemos ponerle este.- El que habla toma el perro que acompaña a un pífano de la Guerra Civil Americana que situado en una viñeta que hay sobre la mesa.- Lo sacamos de aquí, que además ya está pintado y lo ponemos encima de la rueda. ¡Fijaos qué cara de mala leche tiene! Parece que está retando al enemigo como diciendo “¡Venid pacá y ya veréis la que os espera!”

-Pero si es muy canijo…

-¡Pues mejor! Eso le da fuerza, dramatismo, y además si lo ponemos mirando hacia aquí, involucra al espectador en la escena…mira…

-Vale-Corta uno- Ponemos al perro pero quitamos al muerto morrido.

-¡Ni hablar! Mi muerto-morrido no se toca.

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